domingo, 29 de noviembre de 2009

Hipocresía social

Hace pocos días presencié una escena desgraciada en un estanco. La señora que atendía el estanco estaba al borde de las lágrimas y de un ataque de nervios porque acababa de leer la noticia de que el novio de una mujer violó y quemó a su hija de tres años (ahora resulta que, finalmente, no la violó). Me fui de la tienda impresionado por la sensibilidad de la señora, ya que hoy día cada vez estamos más insensibles, pero no pude al poco llenarme de indignación. Mi indignación degeneró en un gran cabreo. Y es que esta tienda vende pornografía justo en frente de un instituto. Y la pornografía se expone en el escaparate... Todo va relacionado.

El vicio llama al vicio, y si lo que la sociedad promueve so capa de libertad es la brutalización de los jóvenes, ¿por qué luego se rasgan hipocritamente las vestiduras? Si la hipersexualización de todos los ámbitos sociales se ha convertido en ley, ¿por qué luego se asombran de los abortos, de la prostitución, de los abusos a menores, de las violaciones, etc? Qué pasa, ¿esperaban que promoviendo el vicio la sociedad se volviese virtuosa? ¿Qué dando carta abierta a la animalización del hombre este se hiciese civilizado? ¿Qué la banalización de la sexualidad trajese como consecuencia personas templadas, que no se dejan llevar por los impulsos de la carne? Me da una repugnancia tan grande tanta hipocresía. Pero este es el resultado de la libertad progresista, de la libertad del liberalismo.

Mas rabia me da que los progresistas se impongan medallas por denunciar las "injusticias" -que habría que matizar mucho- de las cosas malas malísimas que perpetraron nuestros antepasados y nieguen su responsabilidad en las actuales, que son muchas, graves y en aumento. Mas patético me parece cuando afirman: "eso ha pasado siempre, sólo que antes no se decía". Claro, en las épocas más virtuosas siempre aparecerán actos aberrantes, porque siempre hay viciosos. La diferencia es que si antes se daba un caso, hoy se dan cien. Pero a los viciosos modernos se les puede echar en cara las mismas palabras que Séneca le echaba a los de su época: pues os conviene que nadie parezca bueno, como si la ajena virtud fuese una reprensión de los vicios que pone al descubierto. Llenos de envidia ponéis en parangón la esplendidez con vuestras sordideces y no comprendéis con cuanta mengua propia osáis establecer este paralelo. Pues si los seguidores de la virtud son avaros, licenciosos, ambiciosos, ¿qué no seréis vosotros a quien el nombre de virtud es aborrecible?

Eso es lo que yo les pregunto a los fomentadores del vicio que señalan tan ávidamente el pecado de los sacerdotes o de la gente de virtud. Si el justo hace mal, ¿qué no haréis -y no hacéis, y no promovéis- vosotros, hacedores del mal que repugnáis la virtud y el bien?

Hace poco vi una película muy buena, muy dura, llamada Princess, danesa, de animación. En ella se relata de forma cruda la realidad del mundo de la pornografía y todo lo que lleva implícito, lo que produce.

Una sociedad no es libre por poder hacer lo que le da la gana, sino por practicar la virtud.

P.D. Todos los que contribuis al fomento del vicio, de la brutalización del hombre, directa o indirectamente, y que excusáis vuestra conciencia diciendo que cada cual compra o hace lo que quiera: me dais asco.

Libertad y Castidad

Para el mundo de hoy y, especialmente, para ciertos sectores del mundo actual la castidad es algo incomprensible, una especie de locura senil producto de tiempos oscuros ya arcaicos. Y es que el hombre moderno, con una visión mundana de la libertad y del fin de la vida anda, ciertamente, descarriado.

Siguiendo la distinción de libertad que hace Isaiah Berlin hoy predomina la visión negativa de libertad que consiste en considerarse uno libre cuanto más cosas puede hacer y menos intervención en la esfera individual hay. Es la libertad que Castellani bautizó como la libertad del ¡déjeme en paz! Si a su vez sumamos que el fin último de la existencia se identifica con el placer tenemos una mezcla explosiva: se busca por principio la libertad más aberrante de todas, la libertad para hundirse en los cienos de los placeres más depravados y enfermizos. Es la consagración de la libertad para el vicio, buscando siempre mayores cotas de depravación y libertad para practicarlas. Es el grito de Nietzsche de ser fieles a la tierra, de vivir para la tierra.

Sin embargo, igual que el Alexey de Dostoievsky, hay algunos espíritus que no se conforman con vivir como animales. Y que convencidos tras serias reflexiones de que Dios y la inmortalidad existen se dicen naturalmente: "quiero vivir para la inmortalidad. No admito compromisos". Entonces se da la libertad positiva siguiendo con la distinción de Berlin. Aquél que quiere vivir para la inmortalidad, aspirando a los bienes eternos y orientando su voluntad a su posesión se da cuenta de cuantas y cuantísimas cadenas le tienen atado a la tierra y le alejan de tan elevados propósitos. Y con trabajo firme y duro va rompiendo cadenas, desembarazándose de la esclavitud terrena y conquistando el Cielo. La libertad así se convierte en un proceso de conquista interior que a su vez sirve para conquistar la inmortalidad. Y en este luchar y guerrear uno encuentra una cadena especialmente fuerte y robusta, que es la de los placeres carnales. Y una vez destruida esta cadena que nos agarra con fuerte tenaza a la tierra, se ama y se protege grandemente el gran valor de la castidad. La castidad se torna el gran triunfo, el gran bien a cuidar y proteger. La castidad es la cima de la montaña que se ha conquistado, la piedra preciosa que se ha ido a buscar en peligrosa expedición, la corona de la victoria.

Las cosas en la tierra terminan como polvo y ceniza, mas la inmortalidad... ¡ah, la inmortalidad!

lunes, 17 de agosto de 2009

Sobre ateos y ateíllos

Dice Chesterton en su obra El Hombre que fue Jueves que "hoy por hoy el criminal más peligroso es el filósofo moderno que ha roto con todas las leyes", y no le falta ninguna razón a nuestro insigne escritor. Y sí, se me presenta el filósofo moderno como un criminal, porque no creo que sea únicamente criminal el que aprieta un gatillo, sino el que seduce la mente para que éste sea apretado. Y el filósofo moderno, nuestro típico intelectual contemporáneo, es un experto en hacer que se aprieten numerosos gatillos. Lo que me repugna es que si realmente fuese coherente con lo que pregona, no lo pregonaría para nada porque nada pueden pregonar los muertos, salvo el elocuente recuerdo de nuestra finitud.

Pretende el filósofo moderno liberar a la humanidad aboliendo a Dios y todo lo que sea invisible. Sin embargo, ha encerrado al hombre en una pequeña celda, hedionda y rezumante de desesperación. El hombre liberado de Dios es esclavo de su vacío. Porque veamos, si no hay Dios ni alma inmortal, si al morir todo se acaba y todo queda como antes de que hubiésemos nacido, como si nunca hubiésemos existido... entonces, ¿qué más da vivir un día o mil años? El resultado es el mismo. ¿Qué sentido tiene aguantar el más mínimo dolor o incoveniente? ¿Qué sentido tiene la felicidad o la alegría si todo será borrado por el olvido insalvable de la nada? ¿Para qué los esfuerzos de la humanidad si finalmente desaparecerá tragada por la oscuridad? La única salida que queda es la alegría desesperada que huye de pensar, que huye de reflexionar, que sólo quiere placer -triste refugio- y vivir el momento. Sin embargo, hay momentos en que es imposible huir y se presenta ante la persona toda la crudeza del sinsentido. Es en esos momentos en que queda patente el absurdo de la existencia cuando el verdadero ateo hace práctica su fe, es decir, es cuando se suicida. Y es que, como afirmaba Dostoyevski, la vida sólo cobra sentido con la fe en la inmortalidad del alma.

No me cabe duda, los auténticos ateos son los que se suicidan. Los que van por ahi atacando a la religión creen en algo, no se en que será: si en su odio hacia lo religioso, si en su lucha contra Dios, etc. En algo creen que siguen adelante, pero sin embargo cavan hoyos donde muchos infelices caen y no saben salir de ellos. Estos señores pregonadores del ateísmo tienen mucha sangre en sus manos, porque han empujado por la enseñanza de su doctrina a muchos a la muerte.

En tiempos más alegres habría un tribunal que hubiese dictaminado que defender y propagar semejantes barbaridades era iniquidad y locura y se habría parado su difusión. Pero eso eran tiempos más alegres. Porque el mundo ateo y pagano que nos ha tocado vivir tiene dibujada siempre una carcajada, pero es la carcajada de la desesperación. El mundo cristiano tiene dibujada una serena sonrisa, que refleja la paz interior, la auténtica felicidad.

viernes, 14 de agosto de 2009

José Antonio Primo de Rivera y lo femenino

Magnífica exposición la de José Antonio Primo de Rivera sobre el feminismo y la mujer, impregnada de pensamiento cristiano y tomista. Sólo se consigue la plena felicidad cuando se es verdadero a sí mismo. Un texto prístino.

Habeis querido, mujeres extremeñas, venir a acompañarnos en nuestra despedida. Y acaso no sabéis toda la profunda afinidad que hay entre la mujer y la Falange. Ningún otro partido podréis entender mejor, precisamente porque en la Falange no acostumbramos usar ni la galantería ni el feminismo.

La galantería no era otra cosa que una estafa para la mujer. Se la sobornaba con unos cuantos piropos, para arrinconarla en una privación de todas las consideraciones senas. Se la distraía con un jarabe de palabras, se la cultivaba una supuesta estúpida, para relegarla a un papel frívolo y decorativo. Nosotros sabemos hasta dónde cala la misión entrañable de la mujer, y nos guardaremos muy bien de tratarla nunca como tonta destinataria de piropos.

Tampoco somos feministas. No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnifico destino y entregarla a funciones varoniles. A mí siempre me ha dado tristeza ver a la mujer en ejercicios de hombre, toda afanada y desquiciada en una rivalidad donde lleva –entre la morbosa complacencia de los competidores masculinos– todas las de perder. El verdadero feminismo no debiera consistir en querer para las mujeres las funciones que hoy se estiman superiores, sino en rodear cada vez de mayor dignidad humana y social a las funciones femeninas.

Pero por lo mismo que no somos ni galantes ni feministas, he aquí que es, sin duda, nuestro movimiento aquel que en cierto aspecto esencial asume mejor un sentido femenino de la existencia. No esperaríais, sin duda, esta declaración de boca de quien manda –inferior en esto a cuantos le obedecen– tantas filas magníficas de muchachos varoniles.

Los movimientos espirituales del individuo o de la multitud responden siempre a una de estas dos palancas: el egoísmo y la abnegación. El egoísmo busca el logro directo de las satisfacciones sensuales; la abnegación renuncia a las satisfacciones sensuales en homenaje a un orden superior. Pues bien: si hubiera que asignar a los sexos una primacía en la sujeción a esas dos palancas, es evidente que la del egoísmo correspondería al hombre y la de la abnegación a la mujer. El hombre –siento, muchachas, contribuir con esta confesión a rebajar un poco el pedestal donde acaso lo teníais puesto– es torrencialmente egoísta; en cambio, la mujer casi siempre acepta una vida de sumisión, de servicio, de ofrenda abnegada a una tarea.

La Falange también es así. Los que militamos en ella tenemos que renunciar a las comodidades, al descanso, incluso a amistades antiguas y a afectos muy hondos. Tenemos que tener nuestra carne dispuesta a la desgarradura de las heridas. Tenemos que contar con la muerte –bien nos lo enseñaron bastantes de nuestros mejores– como un acto de servicio. Y, lo que es peor de todo, tenemos que ir de sitio en sitio desgañitándonos, en medio de la deformación, de la interpretación torcida, del egoísmo indiferente, de la hostilidad de quienes no nos entienden, y porque no nos entienden nos odian, y del agravio de quienes nos suponen servidores de miras ocultas o simuladores de inquietudes auténticas. Así es la Falange. Y como si se hubiera operado un milagro, cuanto menos puede esperar en ella el egoísmo, mas crece y se multiplica. Por cada uno que cae, heroico; por cada uno que deserta, acobardado, surgen diez, ciento, quinientos, para ocupar el sitio.

Ved, mujeres, cómo hemos hecho virtud capital de una virtud, la abnegación, que es, sobre todo, vuestra. Ojalá lleguemos en ella a tanta altura, ojalá lleguemos a ser en esto tan femeninos, que algún día podáis de veras consideramos ¡hombres!


(Arriba, núm. 7, 2 de mayo de 1935)

Tomado de: http://www.rumbos.net/ocja/jaoc0112.html


viernes, 17 de julio de 2009

Sobre principios y consecuencias (Economía)

Es cosa sabida que partiendo de principios erróneos se llega a consecuencias erróneas. Si la premisa es falsa, la conclusión también lo será. No cabe duda que la modernidad tiene alguna que otra premisa errónea.

Decía Maistre que el desprecio por John Locke es el principio de la sabiduría. No llego yo a tanto, sólo sostengo que el gusto por Locke es un claro síntoma de herrumbre intelectual. Tengamos en cuenta que una de las múltiples cosas que sostuvo Locke fue que "la mayor felicidad no consiste en gozar de los mayores placeres, sino en poseer las cosas que producen los mayores placeres". Es decir, para Locke, la felicidad podría consistir en la posesión de un masturbador, lo cual tiene todo el aspecto de una gran paja mental, muy en línea con nuestra hedonista sociedad que, pese a todos sus placeres, tiene unas tasas de suicidio, depresión y Prozac nunca antes vistas en la Historia -especialmente de Prozac, por razones obvias-.
Obviamente, cuando la felicidad reside en la posesión de bienes materiales se produce una pugna por obtener éstos, pues son limitados y las ansias de placer y bienes ilimitadas. Estas ideas, en conjugación con otras igual de desviadas terminaron dando lugar a la economía competitiva, a la guerra económica. Como decía en el post anterior, un conjunto de fuerzas ciegas luchando entre sí para obtener su resquicio de felicidad. Sin embargo, la anhelada felicidad se ha esfumado como humo entre las manos.

Sin embargo, el hombre sabio, desde su atalaya, mira con desprecio los bienes terrenos, que son propiedad de la Fortuna, quien los da y los quita a su arbitrio. ¿Cómo poner el corazón en bienes que no podemos asegurar? Es más, poner la felicidad en bienes materiales, cuando tenemos un alma espiritual y un Dios que adorar, es ignominia y necedad. Dice Boecio que uno se hace justo poseyendo justicia, honorable poseyendo honor, pues bien, también se hace dios poseyendo a Dios -no en esencia, pero sí en participación-, poseer el Bien eterno, inmutable, Creador y Gobernador del Universo se presenta como el fin más elevado y la mayor felicidad. Y eso cambia todas las cosas. Es decir, el dinero pasa de fin a medio, a medio para ayudar a asegurar la salvación de nuestra alma, que es lo importante.

Qué diferente serían las cosas si se escuchasen las antiguas voces de la sabiduría.


miércoles, 15 de julio de 2009

Sobre el orgullo gay, feminismo y demás tonterías

Es una verdad como un templo que todos buscamos la felicidad. Pero en la búsqueda de la felicidad y del bien -pues ambos se identifican, aunque no sea éste el lugar para demostrarlo resulta evidente al sentido común- la razón, que debería guiar nuestro actuar, puede estar ofuscada por las tinieblas del error y, en vez de llevarnos hacia la ansiada felicidad, encamine nuestros pasos hacia la senda del sufrimiento. Esto es precisamente lo que pasa hoy en día. La razón moderna, enferma por lo erróneo de su método -el cartesiano- que, como decía el inigualable Chesterton, en vez de tratar de adaptar el sombrero a la cabeza pretende adaptar la cabeza al sombrero, ha producido una visión pesimista, pagana y voluntarista de la realidad que, con visos de una falsa libertad, lleva el hombre hacia su sufrimiento.

En la mentalidad moderna, incluso en la de muchos creyentes -especialmente en estos que apoyan las causas progres- se les presenta la cosmogonía como un producto del azar, de fuerzas irracionales que luchan entre ellas en un mundo vacío de sentido, tratando de imponer su voluntad de vivir, de supervivencia. De ahí sale el darwinismo, el darwinismo social, o la idea de la economía de mercado: una guerra en la que vencen los fuertes y pierden los débiles. Al hombre en esta situación de horfandad en un cosmos sin finalidad y sin orden sólo le queda confirmarse a sí mismo, vivir la vida de manera "absoluta", hacerse a sí mismo -pues en el fondo, no sería nada- con una idea de libertad sin límites. Así, cada cual busca ser algo diferente a lo que ya de por sí es tratando de encontrar cierta felicidad: las mujeres quieren ser como hombres, los hombres quieren ser como mujeres, los niños como adultos y los adultos como niños; nadie quiere morir pero tampoco tienen razón para vivir; quieren vivir más y bien pero no saben para qué -sólo para huir de la temida negrura de la muerte-; quieren ser jóvenes siempre y no quieren ver la vejez; quieren alegría y felicidad pero sus ojos están tristes y opacos. Es la vida moderna, es nuestra vida.

Sin embargo, para el cristiano de verdad, el que necesariamente ha meditado un poco su fe o ha leído algunos buenos libros de filosofía medieval o clásica sabe de un Universo creado por una inteligencia suprema, que es a su vez el bien supremo y el amor y la justicia supremas. Un Universo, por tanto, ordenado y con una finalidad. No se trata de fuerzas ciegas luchando entre sí, sino de un orden racional que gobierna la realidad con armonía, donde cada cosa tiene su lugar y, precisamente, cada cosa alcanza su felicidad cuando es verdadera a sí misma, es decir, cuando ocupa el lugar que le corresponde en la armonía universal. Todo está ordenado, incluso el desorden -como nuestra moderna sociedad-. No hay nada que escape a la Providencia divina que ata a todo con suave lazo en el que se conjugan la libertad humana y la divina presciencia sin alterar una a la otra. Es el mundo en el que la felicidad suprema se sabe que se alcanza poseyendo el bien supremo, que es Dios. Donde podemos ser felices situándonos en aquel lugar que la divina inteligencia desde la eternidad prefijó, igual que una pieza de puzzle será "feliz" ocupando la posición que le corresponde y no otra, en la que no encaja.

Habrá quien, estando su razón embebida de la mentalidad moderna, diga que esto es una tiranía, pero confunde orden armonioso con repulsiva imposición. No entiende que el Universo ha de estar ordenado para poder ser y que el Único con potestad de ordenar es precisamente el Creador. Es más, que la baza de su felicidad está precisamente en situarse, humildemente, dentro del armonioso orden que rige toda la Creación. La soberbia humana que se revela contra Dios tiene en sí su propia paga, la infelicidad en ésta y la otra vida; la humildad que se agacha ante la grandiosidad del orden divino y que posee a Dios ya tiene su recompensa: la felicidad ahora y en la otra vida.

Y el orden del Creador no abarca únicamente a la realidad física, sino también a la familiar, a la social, a la política, a la económica, a la laboral, etc. Que Dios cuida y gobierna absolutamente todo, no sólo lo que a los modernistas les interese.

jueves, 9 de julio de 2009

Estética y metafísica

Sable en ristre y con espumarajos en la boca, producto del desenfrenado y enfermizo odio que me produce la modernidad, me propongo tratar de dilucidar un tema que, aunque en apariencia fútil y femenino no es sólo una cuestión de simple vanidad sino que oculta un tesoro mucho más precioso y difícil de encontrar de lo que parece. Ésta es la cuestión de la estética.




Y es la estética una cuestión de vital importancia pues reviste al hombre de su dignidad, de su posición social y, aun más, de su posición ante la vida. Si recorremos con rápida mirada la Historia veremos que el traje distinguía a las personas, su condición, hasta cierto punto, su ser. Tenía algo detrás que simbolizaba y significaba muchas cosas. La ropa, como todo, tenía su metafísica. Y no sólo en el aspecto de decirnos quién es ese individuo, sino en sí mismas. Veamos lo que nos dice Raimundo Lulio acerca de los ropajes del caballero cristiano: "...por esto el orden de caballería requiere que todo cuanto es preciso al caballero en el uso de su oficio, tenga algún significado por el cual sea recordada la nobleza del orden de caballería.

Al caballero se le da una espada; la cual es labrada en semejanza de cruz, para significar que así como nuestro Señor Jesucristo venció a la muerte en la cruz, (...) de esta manera el caballero debe vencer con la espada, y destruir a los enemigos de la Cruz.
(...)
Se da al caballero una lanza para significar la verdad (...)
Al caballero se le da el yelmo para significar vergüenza (...)
La loriga significa castillo y muro contra los vicios y las faltas (...)
Se le da gorguera al caballero, en significación de obediencia (...)
Se le da maza al caballero, significándose fuerza de coraje (...)
(...)"





Un largo etcétera que nos muestra la dignidad, el significado profundo de la estética. No era gratuita, no era vulgar, no era simplemente ropa. No olvidemos que el hábito sacerdotal es negro porque significa que el sacerdote ha muerto para el mundo, y el cleriman significa que Cristo es la única luz que ahora desea seguir. La vestimenta nos decía muchas cosas, la estética tenía un invisible mundo de significado que hacía la vida más rica, más profunda, más hermosa.

La vestimenta también sirvió, en tiempos ya más oscuros, para distinguir claramente a los románticos de los liberales. En cualquier caso el positivismo hizo estragos en nuestra manera de pensar relegando toda metafísica al ámbito del mito, de lo incognoscible, de lo prescindible, cercenando la mitad del ser humano, dejándonos tullidos del alma y pretendiendo así habernos liberado... Y así, para los caballeretes liberales y para los sórdidos marxistas la ropa era sólo ropa. Un bien, una mercancía, un producto de la industria. Punto. Se acabó. Aquel maravilloso mundo de significado salió del horizonte vital de las personas, exiliado al recuerdo de unas pocas almas luminosas y algo excéntricas. La ropa ya sólo expresaba una clase social, ser un caballerete liberal o un obrero sobreexplotado. Pero su hermosura profunda ya no existía. Poco a poco, según los cánones del positivismo y de la mentalidad moderna de cálculo racional y eficacia se fue haciendo más sencilla, más rectilínea, sin encajes, sin bordados, sin belleza, sólo respondiendo a la mortecina ciencia del ahorro y el beneficio. Hasta el punto de que hemos llegado a la moda minimalista, que es el summun de la destrucción del alma humana. Vivimos en cajas de zapatos con ventanas y nos movemos en ciudades grises y de apariencia muerta. Sin embargo, ha habido un cierto renacer metafísico, que no es metafísica propiamente dicha, pero que ha abierto una puerta llena de telarañas hasta no hace mucho. Me refiero al vitalismo y al existencialismo. El posicionamiento vital ante la existencia. Es decir, un "¿pero qué coño hago yo aquí?" que ha roto con la visión modernista.





Y así buf, han salido un montón de corrientes interesantes: heavies, góticos, rockeros, raperos, hippies, alternativos, pijos, etc. cuya vestimenta refleja ese posicionamiento fundamental ante la existencia. El heavy con su rebeldía de machote de las cañadas y su visión voluntarista y luchadora y demoniaca de la existencia, el gótico con su visión triste y sinsentido, el rapero con su nada, porque ahi no hay nada que sacar, los hippies con su quietismo y su vive el aquí y ahora porque la vida no tiene sentido y no quiero pensar en ello que me deprimo, pero no te esfuerces en nada porque total, nos vamos a morir y para qué, y etc. etc.

En fin, cada posicionamiento existencial implica o desarrolla un modo de vestir. Y yo me pregunto, ¿qué hay del católico tradicionalista? ¿Cómo sería su vestimenta? Me imagino que la medieval, o la del Siglo de Oro español le pegaría mucho pero hoy en día no parece del todo viable. ¿No habría alguna manera de hacer una estética que implique en sí todo el meollo tradicionalista? Porque parece un tema baladí, pero no lo es. La imagen transmite mucho, y una imagen pura, prístina de lo que sería la tradición atraería mucho, sólo por la imagen. Porque transmite autenticidad. Fijaos en los góticos a cuanta gente atrae por su estética, porque aunque oscura y mortecina refleja bien la sustancia espiritual de este mundo y su autenticidad atrae (además de por su morbo claro :D). En fin. Yo lanzo esta pregunta al aire, aunque dudo que alguien me responda, ¿cómo sería hoy la estética de un tradicionalista? ¿Se podría desarrollar? Imagino que habría que hacer un estudio concienzudo de qué es el tradicionalismo, sus valores más características e importantes, como eso afecta a la existencia y plasmarlo en el vestir. Pero yo no me veo con fuerzas para semejante empeño. ¿Alguna sugerencia?

Yo, por mi parte, estoy harto de vestir heavy o pijo. No soy eso. No me identifico con eso. Yo me identifico con Chesterton, con Donoso Cortés, con el card. Ottaviani, con Santa Juana de Arco y con San Jorge.